Hace 40 años un prestigioso infectólogo y profesor universitario de Mendoza sacó la sorprendente fotografía en Puente del Inca. Los canales de televisión tomaron el caso y los expertos analizaron la curiosa imagen de la diminuta figura “al lado de su platillo volador”. Fue tan grande la popularidad que alcanzó la familia Nobiltá que un grupo de rock se bautizó “Los enanitos verdes”. Que el enanito de la foto fuera naranja fue lo de menos.

¿Cómo era protagonizar una experiencia sobrenatural en la Argentina en 1979? En varios sentidos las cosas no han cambiado. El testigo deberá sobreponerse a cierta incredulidad, los “especialistas” usarán el testimonio para sostener sus teorías y ciertos medios intentarán sacar su tajada. En otro sentido las cosas son diferentes.

Internet aturde con casos calificados a la ligera como “extraordinarios”. Así, lo que antes era casi excepcional hoy trasunta banalidad. Las redes sociales están superpobladas de personas y puntocom que generan historias de duendes de otra dimensión casi a diario. Es justificable cierta nostalgia por la credibilidad ganada con el sudor de la frente. No era fácil trucar imágenes y no era habitual que una foto fuera acompañada por testimonios convincentes.

En 1979, fotografiar un enano de otro mundo era una noticia de llegada rápida a las primeras planas. Era una historia colorida que permitía discutir sobre la existencia o no de extraterrestres en prime time.

Fue tan grande la popularidad que alcanzó el caso de la familia Nobiltá que una banda de rock quiso llamarse “Los enanitos verdes”. Que el enanito de la foto fuera naranja era lo de menos.

La banda liderada por “Marciano” Cantero se formó 8 meses después de que estallara el caso de la familia Nobiltá. Según el guitarrista del grupo, Felipe Staiti, un periodista amigo bautizó al grupo. Al comienzo se llamó “Los Enanitos Verdes de Puente del Inca”. Pero optaron por acortar el nombre. “Pero bien podrían haberse llamado Puente del Inca”, explicaban entonces

A fines de los 70, si el fotógrafo era un médico prestigioso y éste poseía el aval de un profesor universitario, era suficiente para sostener que la foto de una mancha con forma humanoide correspondía a un extraterrestre en un programa de gran audiencia. Tal vez por eso el ufólogo que defendió el carácter sobrenatural de la imagen inusual de la foto recién puso el acelerador a la investigación meses después, cuando el caso había alcanzado máxima visibilidad.

El caso Nobiltá impuso en los medios argentinos la categoría “enanitos verdes”, mezcla de gnomos y marcianos (mitológicamente verdes). El estereotipo reapareció en diciembre de 1983 en Villa Montoro, en el conurbano platense, Buenos Aires, y en Gobernador Ing. Valentín Virasoro, Corrientes. En 2002, durante la oleada de “vacas mutiladas”, los testigos no solo mentaron al chupacabras, una entidad de origen caribeño; también vieron enanitos verdes.

Una familia en el Cristo Redentor

Puente del Inca es una formación geológica aislada, distante a 180 kilómetros de Mendoza y a una altitud de 2.700 metros sobre el nivel del mar, en el distrito Las Cuevas. En 2014, la UNESCO lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad. Su pequeña fuente termal, que posee aguas ricas en carbonato y sulfato de calcio, confiere a la tierra un color anaranjado. Algunos creen que bañarse en sus aguas es terapéutico.

Una leyenda dice que el Puente lo cruzó el joven hijo del emperador incásico en tiempos prehispánicos: atravesó esa ruta amenazado por una enfermedad de la que sanó gracias a sus aguas termales. En 2018, un estudio alertó sobre su deterioro: con 8 mil años de antigüedad, su estructura peligraba.

Durante su segundo viaje a través de los Altos Andes, Charles Darwin estudió con atención su geología. Se detuvo ante las fuentes de aguas calientes, recogió moluscos fósiles marinos de aguas poco profundas y especuló que la cordillera seguía elevándose. Sus notas tuvieron escasa difusión: eran poco marketineras.

En su diario del Beagle (1831-1835), el naturalista inglés escribió: “cuando uno oye hablar de un puente natural, uno se ve a sí mismo en un barranco profundo y estrecho donde ha caído una gran masa de rocas, o que se ha excavado un gran arco. Pero el Puente de los Incas es un objeto miserable” (…) “no es de ninguna manera digno de los grandes monarcas cuyo nombre lleva”.

Casi 150 años después, una rara foto iba a llevar a Puente del Inca a las primeras planas.

“Creo que es una foto verídica de un ser que estuvo ahí con los chicos y que apareció de una forma en que nadie hubiera imaginado”, dice hoy el doctor Nobiltá que tiene 85 años, vive en Chacras de Coria, y se toma muy a pecho lo que vivió aquel verano de 1979, cuando tuvo su minuto de fama involuntaria por su retrato de un extraterrestre. Pero esas famas duran poco. El prestigio se lo dio la medicina, a la que dedicó 55 años de su vida

Todo comenzó al atardecer del 25 de febrero de 1979, cuando una familia establecida en Guaymallén, Mendoza, volvía de una excursión al Cristo Redentor. Participaron del paseo Inés Magdalena Tecchioli (41 años), Juan Nobiltá (44) y sus hijos Alicia Inés (15), Gabriel Augusto (13) y Juan Antonio (10). También estaban Silvana Alicia y Martín Laghisz, de 10 y 5 años, sobrinos del matrimonio. Se detuvieron en la fuente termal de Puente del Inca. Juan sacó varias fotos. Usó una Kodak Instamatic 56x, por entonces la típica camarita familiar, y una película Fujicolor (126). Nadie vio nada raro. Eran cerca de las 18 horas.

Inés Tecchioli fue quien descubrió que algo más aparte de su sonrisa se destacaba en esa foto. Vio una curiosa mancha anaranjada-rojiza ubicada a la par del grupo familiar. La cabeza del “humanoide” tenía forma de cono, parece levantar el brazo izquierdo en gesto de saludo; el derecho parece cortado a la altura del antebrazo. No tiene pies y las piernas tampoco parecen integradas a lo que sería el tronco. Inés sostiene que sintió algo esa tarde. “Percibí algo raro. Algo diferente, no raro. Y cuando vi la foto me di cuenta qué era lo que había sentido.”

“Juan sacó la foto, yo fui la insistente”, dice Inés hoy, 40 años después. Llevó el rollo a una casa de revelado, vio la figura en el último cuadro y aprovechó que los padres del ufólogo Victorio Corradi eran pacientes de su marido para obtener una opinión calificada.

Corradi era “el Fabio Zerpa mendocino”. Director del Instituto de Estudios de Fenómenos Extrahumanos “Hombre Cósmico” (IDEFEH); egresado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo y profesor de literatura, castellano, griego y latín, participó en persona y se encargó de defender la realidad de varios casos ovni de la región de Cuyo. El más difundido había sido el supuesto encuentro con cinco seres y un platillo volador que tuvieron el 31 de agosto de 1968 los empleados del Casino de Mendoza Juan Carlos Peccinetti y Fernando Villegas. Por entonces, Corradi integraba el Centro de Investigaciones Espaciales de Mendoza (CIEM) junto con el Dr. Ignacio Correa Llanos y Mario Rodriguez Cobos, luego conocido como Silo.

En julio de 1980 Corradi imprimió el único número de Dimensión Extrahumana, Publicación Científico-Informativa del IDEFEH. El caso Nobiltá ocupaba las 32 páginas del volumen, y cada ejemplar regalaba una copia a color de la famosa imagen.

Yo vi el ser y tuve la sensación. Todavía me veo parada en la vereda, en el centro. Salí con la foto y sentí algo muy importante. Por eso insistía. De ahí salió una efervescencia que después amainó”, recuerda la Sra. Nobiltá.

Su esposo luego me dirá que supo de las sensaciones que tuvo su mujer cuando volvió de presentar el caso en Buenos Aires en un programa de televisión de máxima audiencia. “Mi señora me dijo: ‘Mirá, cuando vos sacaste la foto yo sentí algo raro. Tuve una sensación extraña’”.

A sus 77 años, el fotógrafo Atilio Spinello recuerda el “caso Nobiltá” con placer, entusiasmo y cautela. “En Mendoza yo tenía cierto prestigio porque era dueño de un laboratorio color”, comienza. Descarta un truco fotográfico, un reflejo óptico o un daño en el proceso de emulsión. “La imagen (del enanito) ocupaba un lugar en el espacio. En este negativo se nota la impresión de una característica figura no tradicional, nunca observada en nuestro laboratorio de foto color”, dice

Inés Tecchioli y Juan Nobiltá son un matrimonio moderno. Se hablan a diario y se visitan, pero viven en casas distintas. Inés hoy tiene 81 años y nació en la ciudad de Santa Fe. A los seis años fue a vivir a Huertas Grandes, Córdoba, provincia donde permaneció hasta 1965, cuando se casó con Juan y emigraron a Mendoza. De aquella experiencia casi solo habla con su hijo Gabriel, quien le dedicó a la historia un poema en un libro que publicó hace dos años.

–Detengámonos en el instante en que tuvo esa sensación…

Le recuerdo a Inés que Corradi destacó una frase suya: “Procedido el revelado del rollo pude advertir instintivamente la significativa figura que aparecía en una de las fotografías e inmediatamente relacioné este hecho con la poderosa percepción de lo extraordinario que sentí en aquel lugar y en aquella oportunidad, como esos grandes interrogantes existenciales que invariablemente nos llevan a Dios”.

“Esa frase la escribí yo”, susurra Inés. “No sé si suena un poco… no sé si absurdo, pero sentí eso. Hoy a lo mejor escribiría otra cosa. Pero el impacto fue muy fuerte.”

–Lo relaciona con Dios.

Sí, sentí como una manifestación, más allá de la foto y de lo poco que conocía de ufología. Después empecé a leer a Don Pedro Romaniuk. Tengo la casa tapada de papeles.

–¿Antes de la foto estaba familiarizada con el tema?

-Sí, había ido a conferencias de Fabio Zerpa. Yo vivía en Córdoba, donde siempre se hablaron de estas cosas.

Maratón televisiva

Juan Nobiltá tiene 85 años, vive en Chacras de Coria, y se toma muy a pecho lo que vivió aquel verano de 1979, cuando tuvo su minuto de fama involuntaria por su retrato de un extraterrestre. Pero esas famas duran poco. El prestigio se lo dio la medicina, a la que dedicó 55 años de su vida.

Juan todavía arrastra el acento italiano de su ciudad natal, Belluno, en los Alpes Andinos. Durante la Segunda Guerra, sus padres se mudaron a Klausen, una ciudadela entre Italia e Alemania, cuando Juan tenía 5 años. Su padre era carabinero y tuvo a su cargo custodiar un castillo. “Un castillo lleno de riquezas donde vivieron unos condes de Holanda que terminaron en los campos de concentración”, precisa.

En 1950, los Nobiltá emigraron a Huerta Grande. En 1955 Juan se recibió de bachiller y en 1964 ya era médico por la Universidad Nacional de Córdoba. Un amigo lo animó a establecerse en Mendoza. En 1965 se casó con Inés y fueron a vivir a Guaymallén. Trabajó en el Hospital Lencinas y a lo largo de tres décadas fue docente de la cátedra de Infectología de la Universidad Nacional de Cuyo.

El doctor Nobiltá en el programa de Mónica Cahen D’Anvers. “Nos alojaron en el Bauen Hotel. Una noche el conserje nos preguntó si podíamos recibir a unos contralmirantes, almirantes o capitanes de la Marina. Ellos nos dijeron que atrás del gnomo había un platillo volador. ‘De ahí descendió’, dijo un marino. Ni el ufólogo Corradi se había dado cuenta”, recuerda hoy

En 2003 se jubiló y fue a vivir a La Fortuna, un pueblito próximo a Santa Rosa, La Pampa, donde fue médico rural por diez años. “Allí fui partero, cirujano, traumatólogo y pediatra, todo. Como Favaloro”, dice entre risas.

Mantiene frescos sus recuerdos de la tarde en que la prole se metió en la fuente termal de Puente del Inca. De las fotos que sacó ese día no recordó nada en particular. Entre una o dos semanas después, su esposa mandó a revelar el rollo a la casa Castillo Fotocolor, Las Heras 236, Mendoza. “Mirá lo que salió”, le dijo. “Parece un muñequito”, dijeron sus hijos. Nobiltá le restó importancia: “Pensé que era una falsa imagen”.

Los padres del ufólogo Victorio Corradi eran pacientes y amigos de Nobiltá. Juan dice que el mismo día que el rollo estaba revelado, Victorio recibió la foto y dio un veredicto express: “‘Esto es un gnomo, o un extraterrestre, ya me comunico con Mónica Presenta’, dijo”.

La noticia fue todo lo viral que podía ser una noticia a fines de los 70. Los productores de Mónica Cahen D’Anvers, que emitía Canal 13, le tuvieron fe: no eran tiempos de mail ni de whatsapp; ni siquiera de fax. “’Vengan, nosotros pagamos todo’, nos dijeron. En el aeropuerto nos esperaban periodistas, fotógrafos… un despelote de la madonna”, recuerda Juan.

–¿Cuánto tiempo pasó desde que revelaron las fotos hasta que viajaron ?

-No, no, viajamos a Buenos Aires el mismo día que mi señora trajo la foto: Corradi la vio a las cinco de la tarde y a las diez de la noche tomamos el avión. A medianoche ya estábamos en Buenos Aires.

El análisis del fotógrafo Atilio Spinello hizo de la extraña mancha en la foto. Para el profesional la figura era auténtica. “Por entonces no existía el photoshop, no había forma de incorporar en el negativo algo que no está”. El negativo tenía 24 x 36 cm. “Imagínese cuán pequeña era la imagen”, prosigue. Hizo una ampliación, observó las figuras a trasluz con una lupa muy potente y supo que “era imposible que sea el producto de una falla en el negativo”.

Según Nobiltá, el caso se disparó entre el 4 y el 11 de marzo de 1979. Pero Corradi cuenta que Inés reveló el rollo el 7 de julio. El 31 de agosto, La Voz de San Justo anunció que “en las próximas horas” Nobiltá y Corradi viajaban a Buenos Aires para la famosa entrevista. Y adelantaba los resultados del informe del fotógrafo Atilio Spinello, quien garantizaba que la figura “ocupaba un lugar en el espacio”.

“Como en Buenos Aires decían que podía ser trucada, la vieron en la revista El Gráfico. ¿Yo voy a dedicarme a trucar fotos? El Gráfico comprobó que la foto era verídica. Nos alojaron en el Bauen Hotel. Una noche el conserje nos preguntó si podíamos recibir a unos contralmirantes, almirantes o capitanes de la Marina. Ellos nos dijeron que atrás del gnomo había un platillo volador. ‘De ahí descendió’, dijo un marino. Ni Corradi se había dado cuenta”.

Nobiltá no recuerda sus nombres. Él dice que, todavía, era escéptico. Le pregunto si el interés que mostró Corradi modificó su opinión. “Fue algo muy raro”, responde. “Corradi me preguntó muchas cosas y me dio instrucciones sobre el tema. Yo personalmente creo que existen extraterrestres, pero de ahí a comprobarlo… Es igual que la religión. Uno puede creer o no”.

–Usted arriesgó mucho, por su profesión.

-Me decían: “Che, cuentero, qué andás haciendo vos con los platos voladores, con lo ovni” … jaja. Pero la gente no fue escéptica. Cree en eso. Además, yo no la busqué, ¡vino sola!

Nobiltá y Corradi se quedaron en Buenos Aires cuatro días. “Canal 13 nos dio hasta ropa, porque viajamos apurados. Yo no quería ir. Iban a decir: ‘Este médico metido en cosas raras’. Pero Corradi me pidió que le hiciera el favor y me convenció. ‘Vos sacaste la foto, sos el responsable del hecho’, me dijo. Era mi amigo, hacía veinte años que lo conocía. Al final agarré viaje, después tuve que reponer esos días en el hospital. No me arrepiento”.

–¿Hoy cuál es su idea acerca de lo que apareció en la foto?

-Creo que es una foto verídica de un ser que estuvo ahí con los chicos y que apareció de una forma en que nadie hubiera imaginado.

El heredero

Gabriel Nobiltá Tecchioli tenía 13 años cuando su papá tomó la foto. Es técnico electrónico, programador y artista. Su vocación por el arte es tardía: empezó hace seis años, un poco para combatir el estrés laboral y otro poco, quizá, para alejarse de la obligación de hacer cosas que sirvan para algo. Descubrió un arte original, que mantiene un sentido utilitario, como una computadora steampunk armada con piezas de una antigua máquina de escribir, un marco de madera para la pantalla y parlantes de cobre.

Cuando en reuniones sociales salía el tema ovni, Gabriel disimulaba. En charlas familiares el asunto está poco presente. “Pero todos creemos”, aclara.

La ilustración de Andrés Casciani en Libro de Gabriel Nobiltá

Me explica el quién es quién de la famosa foto: su hermano menor, Juan, es el que está más cerca de la figura. Alicia Inés, su hermana mayor, hoy licenciada en Cartografía, está a la izquierda de su madre. Sus primos, Silvana y Martín, están a la izquierda. Y él, debajo de todo. “Nunca más volvimos a Puente del Inca en familia”, afirma Gabriel.

Refleja el impacto que le causó la vivencia su libro de tautogramas Letras con Alma (2017), donde dedicó el capítulo Espacio (pp 34-39) al humanoide de Puente del Inca, ilustrado por Andrés Casciani. Los tautogramas son poemas formados por palabras que empiezan por la misma letra. “Edredón etéreo, envuélvenos en exquisitos espejismos. / Estupefacta eyaculación ectoplasmática eclipsada en epidermis esquelética”, escribe el poeta.

Imágenes de otra dimensión

Victorio Corradi buscó al fotógrafo Atilio Spinello para su primera consulta. Era un profesional reconocido y quizá el técnico más preparado para analizar la imagen en Mendoza. Había estudiado fotografía color en Leverkusen, Alemania, y en Rochester, sede de la fábrica de Kodak. “En aquel tiempo no solo era fotógrafo sino que entendía de técnica fotográfica”, explica.

A sus 77 años, Spinello recuerda el “caso Nobiltá” con placer, entusiasmo y cautela: avisa que pudo haber olvidado algunos detalles. “En Mendoza yo tenía cierto prestigio porque era dueño de un laboratorio color y fui uno de los primeros que hizo foto color en la Argentina”, comienza. Descartó un truco fotográfico, un reflejo óptico o un daño en el proceso de emulsión. “La imagen (del enanito) ocupaba un lugar en el espacio. En este negativo se nota la impresión de una característica figura no tradicional, nunca observada en nuestro laboratorio de foto color”.

El 15 de noviembre de 1979, el ufólogo Corradi envió una copia del negativo a William H. Spaulding, director del grupo especializado en análisis de fotos ovni Ground Saucer Watch Inc (GSW) para que utilizara “todos los modos de digitalización y realce por computadora”. El 19 de febrero de 1980, tres expertos de la GSW enviaron sus conclusiones: “Creemos que la imagen es una mancha química, rara solo en su forma, que ocurrió durante el revelado de los negativos originales”

El cuestionario elaborado por Corradi tenía en cuenta el llamado “sesgo del investigador”: se le preguntaba al analista “si estaba vinculado al estudio del fenómeno ovni”. En ese ítem Spinello negaba toda relación con el tema. En nuestra charla dijo lo contrario: “Yo ya era investigador de casos paranormales”. No recordó investigaciones anteriores a 1979.

En su lista mencionó haber estudiado dos casos de abducción: la experiencia de Filiberto Cárdenas, en Miami y la de un jugador profesional de fútbol, el mendocino Ricardo Jesús Velázquez, que llamó la atención del Dr. J. Allen Hynek. El astrónomo que asesoró a la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en el Proyecto Libro Azul y a Steven Spielberg en Encuentros Cercanos del Tercer Tipo (1977) entrevistó a Velázquez en 1982, durante un congreso ufológico realizado en Mendoza. En 1988 rodó un ciclo de entrevistas en Capilla del Monte conducido por el ufólogo cubano Virgilio Sánchez Ocejo, Puerta a lo Desconocido. Durante el rodaje le acercaron el libro Mi Baba y yo, escrito por John Hislop, un médico devoto de Sai Baba. “Fui a la India buscar la mentira y resultó que Sai Baba materializaba cosas de la nada. Hice más de 20 películas allá. Hoy tengo cosas materializadas por Sai Baba. De eso sí puedo dar pruebas”. Atilio filmó al gurú por cinco años. También entrevistó a la Madre Teresa de Calcuta, al Dalai Lama y a la reina de Holanda.

El fotógrafo Spinello junto al Sai Baba. “Fui a la India buscar la mentira y resultó que Sai Baba materializaba cosas de la nada. Hice más de 20 películas allá. Hoy tengo cosas materializadas por Sai Baba. De eso sí puedo dar pruebas”. Atilio filmó al gurú por cinco años

Atilio se despega de Corradi: “Este señor era un poco dogmático de los extraterrestres. Yo estaba más en el centro, quería investigar. Quería determinar la veracidad. Estaba involucrado mi nombre, ya tenía una trayectoria. No me hubiera gustado que me tacharan de mentiroso o fanático. Yo lo analicé imparcialmente, pero en esos tiempos yo no tenía tanta experiencia”.

Para el fotógrafo la figura era auténtica. “Por entonces no existía el photoshop, no había forma de incorporar en el negativo algo que no está”. El negativo tenía 24 x 36 cm. “Imagínese cuán pequeña era la imagen”, prosigue. Hizo una ampliación, observó las figuras a trasluz con una lupa muy potente y supo que “era imposible que sea el producto de una falla en el negativo”. El enanito era, para él, “un conjunto de microimágenes que forman una imagen”.

Hoy sigue pensando que era una cosa real, que no estaba trucada. “Nunca tuve una experiencia así, pero no me cabe la menor duda de que ‘ellos’ conviven con nosotros en esta tercera dimensión, sin hablar de la cuarta, la quinta, en otras dimensiones y que, en determinado momento, se pueden plasmar en la tercera dimensión”.

En un momento la conversación viró a la política. En mayo de 2015 declaró por los juicios de delitos de lesa humanidad. El 25 de abril de 1978, un año antes de su protagonismo por el enanito de Puente del Inca, fue secuestrado por el Ejército de su casa de Las Vegas, Potrerillos, donde vivía con su esposa y sus dos hijos. “Estuve en un sótano, con los ojos vendados, amordazado y atado a una cama donde fui golpeado, colgado de un techo y torturado con picana eléctrica”.

Como no tenía ninguna militancia política, hoy asegura que lo chuparon porque era “un bicho raro” y por el botín de guerra: su casa fue desvalijada. Tras nueve días de cautiverio, recuperó la libertad. Recibió amenazas y decidió irse del país. Así comenzó su nueva vida en la India, donde pasó más de 20 años.

Fotógrafos en pie de guerra

“Desde un primer momento, el Sr. Spinello descartó que la singular figura fuera debida a algún defecto fotográfico o a un truco, y basado en mis conocimientos específicos sobre las tradiciones orales y escritas pertenecientes a la Historia de la Cultura de la mayor parte de los pueblos del planeta, que aluden a la existencia de seres no humanos cuya descripción es significativamente análoga a la de esta imagen, defendí abiertamente la importancia de la foto en cuestión desde el punto de vista estrictamente científico. Pero a pesar de otros detalles reveladores que aparecían en la placa, se desató una verdadera polémica a nivel internacional. Más, convencido de la trascendencia que podría tener para la ciencia, en un futuro inmediato, procedí al estudio rigurosamente sistemático”, escribió Corradi en su trabajo.

En el informe adjuntó la opinión de otros fotógrafos: Félix de Borbón, Rosendo Osvaldo Ruiz, Juan Carlos Sarmiento, Angel Morales y Raúl Rubens. “Todos coincidieron –prosiguió– que no es un truco fotográfico, que la emulsión no está dañada, que no es un reflejo, que no es un objeto conocido; ni una ‘imagen fantasma’ ni ningún otro fenómeno definible fotográficamente (…) “todos descartaron que hubiese habido algún tipo de defecto en el revelado”.

De Borbón, con 22 años de experiencia, destacó que la imagen carecía de continuidad. “Eso es raro”, escribió. “Una tentativa de explicación de este fenómeno que desconozco, que jamás he visto como fotógrafo, podría ser que la luz que emana de la pequeña figura fuera emitida en una longitud de onda diferente del espectro visible, quizá una luz cercana al infrarrojo. Lo que es decididamente INEXPLICABLE es cómo una película común y una máquina tan sencilla como la Kodak Instamatic haya podido captarla”.

El análisis realizado en Estados Unidos no conformó a muchos. El fotógrafo Spinello hoy sigue pensando que era una cosa real, que no estaba trucada. “Nunca tuve una experiencia así, pero no me cabe la menor duda de que ‘ellos’ conviven con nosotros en esta tercera dimensión, sin hablar de la cuarta, la quinta, en otras dimensiones y que, en determinado momento, se pueden plasmar en la tercera dimensión”

El 15 de noviembre de 1979, Corradi envió una copia del negativo a William H. Spaulding, director del grupo especializado en análisis de fotos ovni Ground Saucer Watch Inc (GSW) para que utilizara “todos los modos de digitalización y realce por computadora”.

El 19 de febrero de 1980, tres expertos de la GSW coincidieron parcialmente con los fotógrafos cuyanos. Porque sus conclusiones fueron otras: “Creemos que la imagen es una mancha química, rara solo en su forma, que ocurrió durante el revelado de los negativos originales. El primer ciclo de revelado en el proceso color creará imágenes azules. Aparentemente la anomalía ocurrió entre el ciclo de revelado y lavado. GSW ha visto este tipo (no forma) de artefacto en análisis previos. Hay quienes quieren creer que la fotografía representa una criatura o extraña anomalía; sin embargo, esto será difícil de probar sin la colaboración de testigos. No hemos hallado evidencia que apoye una imagen no planar”.

Corradi respondió al GSW en duros términos. Le reprochó que no se pronunciara sobre “la otra imagen anómala que se observa a la derecha y arriba de la imagen anómala que se destaca en primer plano”. Esa otra mancha, para el ufólogo, era “sumamente extraña”. Una serie de luces, abundará, “simétricamente dispuestas”. También le enrostró al organismo que no aclarase la probabilidad de que “la formación de una mancha química adopte esa forma tan precisa en sus contornos y cuya forma es decididamente humanoide”.

En cuanto a que la imagen no fuera plana, Corradi objetó: “No podemos dejarnos influir por el prejuicio de pensar que estos ENTES forzosamente deban tener cuerpo como nosotros lo entendemos”.

“¿Era un extraterrestre?”. Con ese título regresó al caso La Razón del 7 de marzo de 1980. El vespertino reprodujo lo que sería la última palabra del ufólogo cuyano. Tras las conclusiones del GSW, debía descartar que fuera una “mancha química”. Así, el director del IDEFEH le pidió opinión a Pedro Ampuero, doctor en Bioquímica egresado de la Universidad Nacional de Córdoba, jefe del Laboratorio del Hospital Emilio Civit y jefe del Laboratorio de la Cátedra de Niños de la Universidad Nacional de Cuyo (UNC), y al fotógrafo Nicolás Vita, jefe de Fototecnia del Instituto de Histología y Embriología de la Facultad de Ciencias Médicas de la UNC. Ambos descartaron la posibilidad de manchas químicas o imágenes fantasmas o veladuras.

El título del diario La Razón en 1980

Menos la GSW, que arriesgó una hipótesis, los analistas explicaron lo que la imagen NO era. Corradi, en cambio, fue categórico: “Descartada la posibilidad de un truco o de un fenómeno producido por un defecto fotográficamente definible, los estudios realizados han demostrado inobjetablemente que esta placa constituye una de las pruebas más incuestionables de la existencia de seres poseedores de una tecnología considerada ‘mágica’ para nosotros”.

En la web, la única opinión escéptica es la del Ingeniero Químico Luis Ruiz Noguez: “De la nave se puede decir muy poco. Se encuentra arriba, a la derecha del muchacho (a la derecha según nuestro punto de visión, pero a la izquierda de él). Es una mancha amorfa que ni siquiera tiene la forma clásica del platillo volador. El tono similar en ambas manchas (“muñequito” y “nave”) indica un origen común. Como dudo mucho que un extraterrestre posea forma humanoide y miembros que no están conectados al cuerpo, creo que, con toda probabilidad, se trata de una mancha de revelado”.

El Lic. Andrés Duarte, químico chileno, experto en análisis de imágenes y colaborador del proyecto Fotocat del investigador español Vicente-Juan Ballester Olmos, coincide: “Creo que es un defecto de revelado. Esta posibilidad fue descartada mediante argumentos incorrectos en el informe de Corradi. Es importante aclarar que un defecto de revelado no implica daño en la emulsión, de manera que la aparente ausencia de evidencias de daño no implica que no pueda haber un defecto de revelado.”

Sea lo que fuere, la familia Nobiltá atesora recuerdos entrañables. No deben ser distintos a los de legiones de conversos a realidades alternativas que propició la fotografía. La publicidad negativa de las observaciones de Charles Darwin cuando visitó Puente del Inca es contrarrestada por aquella imagen. Ese monumento natural es, y seguirá siendo, el escenario donde fue fotografiado el primer enanito verde. Aunque su color fuera otro.

Por Alejandro Agostinelli

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